La tradición normativa democrático-participativa busca cómo liberarse de las clases dominantes,  pero  no  desde  el  cambio  social  y  la  liberación  económica  y  material,  como decía el marxismo clásico, sino desde el nivel cultural. Ella enfatiza que la fuerza de los movimientos está en su poder cultural (evidente desde los 1960). Ella representa el poder de soberanía de la audiencia de no aceptar pasivamente la lectura dominante, sino de tener el poder de construir libremente su significado de acuerdo a su identidad y contexto social. El público crea la cultura, al hacerse activo.

 

La  teoría  normativa  democrático-participativa  trata  de  problematizar  la  realidad detectando  las  contradicciones  y  se  quiere  liberar  de  ellas  para  crear  una  sociedad  más democrática. También se trata directamente de que todos puedan hacer oír su voz en el foro público  cultural,  para  lo  cual  se  requiere  creatividad  (vertiente  política).  Por  su  parte  la audiencia construye resignificaciones (vertiente cultural).

 

Los  primeros  medios  masivos,  prensa  y  radio,  fueron  considerados  al  principio como  beneficiosos  para  la  democracia,  pues  daban  mucha  información  sobre  eventos públicos, y criticaban a los políticos en sus deficiencias.

 

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